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lunes, 8 de noviembre de 2010

Columbares. Historias de la noche oscura...


LOS ESCLAVOS DEL HADES

A finales del siglo III antes de Cristo llegaron a las costas de Hispania los primeros conquistadores romanos, como parte de los contingentes que hacían la guerra a los cartagineses de Anibal. Después de vencer se quedaron y comenzó una explotación sistemática de todos los recursos naturales disponibles, sobre todo, interesaba hierro, oro y plata. Un sistema social, basado en el esclavismo, condenaba a la mayoría de la población a la pérdida de libertad de por vida, dentro de lo malo también tenían diferentes funciones y destinos, el peor con toda seguridad eran las minas. Más de cuarenta mil esclavos trabajaban y morían en las minas de plata de Cartagena, en condiciones terribles, tanto por el trabajo en sí como por los constantes derrumbes y accidentes que se producían. Los centenares de muertos, que ha diario se sacaban de los recintos mineros y de las jaulas de reposo, daban fe de la cortísima esperanza de vida de la población minera cautiva.

Cincuenta y cuatro años antes del nacimiento de Cristo una columna de prisioneros se reunía en el puerto con el fin de ser clasificados y vendidos, los más afortunados; pues aquellos que no encontraran un dueño esa jornada irían destinados, irremisiblemente, a los agujeros de la plata. Los más fuertes y jóvenes, así como las niñas y niños aparentemente sanos, constituían las atenciones preferentes de los compradores. Era un momento en que la numerosa clase patricia de latifundistas y terratenientes estaba en pleno apogeo, mientras, los pequeños campesinos apenas conseguían sobrevivir con pequeñas parcelas donde la actividad agrícola se completaba con pequeñas explotaciones ganaderas. Muchos, cada vez más, se veían obligados a mal vender sus tierras y alistarse al ejercito para poder vivir.

Lucio Filipo llegaba tarde y con poco dinero, llevaba en el camino desde antes del amanecer, pero el sol de Julio en el campo de Cartagena, no permitía, desde muy temprana hora, forzar demasiado las caballerías, mulas que eran muy valiosas, sobre todo para un campesino como él. Cuando llegó al puerto la actividad estaba en declive, y las mejores gangas agotadas. Poco o nada quedaba que mereciese la pena, el necesitaba un esclavo joven y fuerte, que supiera de ganado y que hablara latín, por lo menos lo bastante bien como para entender correctamente las órdenes, y esos ya estaban en posesión de especuladores y con precios bastante por encima de lo razonable. Así que volvió a mirar al grupo de venta, con la esperanza de hallar algo económico y que se pareciera a su idea inicial; no, ahí no quedaban más que hombres demasiado viejos, mujeres de saldo, o niños tarados y medio tullidos, mala suerte.

-¿Qué te pasa campesino? ¿Acaso tienes tanta paja por recoger este Verano que no te deja tiempo para pasar la noche en la ciudad? O quizá las ovejas no son capaces por si mismas de encontrar el agua que necesitan y se la tienes que acarrear tu antes de que amanezca. Aunque a lo más seguro, las mulas que te han traído hoy aquí, son las mismas que anoche tuvieron que trillar hasta muy tarde, pues desde que falleció tu esposa, no te acuerdas ni de la hora de cenar.

Un frío intenso atravesó la mente del campesino. Miró a su alrededor pero allí no había nadie, -¿de donde salió esa voz?

-¿Qué voz?, ¿qué dices? Le contestó un marinero que en ese momento estaba a su lado -Hablas sólo... mal asunto, (mientras con el dedo índice se tocaba la sien).

Lucio buscó con la mirada... empezaba a ponerse nervioso, además la luz de la mañana perdía fuerza haciéndose pálida, espesa, lejana, él, que era el tipo más tranquilo que conocía, empezaba a tener síntomas raros, le temblaban las manos y el corazón iba deprisa, demasiado deprisa.

-Estoy aquí, debes comprarme antes que nos entreguen a la guardia de las minas.

Miró con atención, más cerca de la muralla de los cartagineses había un pelotón de esclavos, ya preparados para salir en dirección a las montañas de la plata, mercancía de desecho apartada del resto del contingente.

-Si, estoy aquí. Mira con atención, mira a la tonta...

Sobre la espalda de una mujer gigante, de rostro deforme, repulsivo, muy raro, con la boca abierta de la que salia permanentemente un hilo de babas, iba alguien, parecía un fardo o un saco, pero no, era otra mujer, muy delgada, muy pequeña, con el pelo completamente blanco que aparentaba estar desfallecida o enferma, balanceándose sobre la otra de forma exagerada, como un peso muerto a cada paso irregular de su porteadora.

-No esperes más. Tienes que comprar. Tienes que comprarnos a las dos. Te sobrarán monedas...

La mañana oscureció. Lucio detuvo al pelotón.

-¿Seguro que quieres esas dos? Pero si no valen para nada... esa subnormal coja es para premiar esclavos de las minas encargados de producir, y la otra ya sólo les servirá de entrenamiento a los molosos de los vigilantes. Bueno, no voy a criticar tus aficiones campesino, dame quinientos sestercios y son tuyas.

No contestó, se limitó a mirar al propietario del pelotón.

-Bueno está. Que sean doscientos y llévatelas, es lo mismo que me darán en las minas.

Sacó el importe y le pagó al traficante, un soldado soltó de las cadenas a las dos mujeres, señaló a su nuevo dueño indicándoles que se iban con él. La babosa se puso en marcha, portando en volandas a la otra, caminaron tras el campesino, venido de los montes y campos del interior de la provincia, que las llevaría a su modesta villa, entre la cara sur de Columbares y la sierra de Los Villares, montañas que separan la Vega del Thader del Campo del Mar Menor.

Todos los habitantes de la casa se asombraron profundamente al ver lo que su dueño Lucio Filipo, traía en el carro. No era para menos, necesitaban un pastor, esperaban un hombre joven o maduro, que entendiera de ovejas y cabras, todos conocían las intenciones de su dueño. Ninguno salía de su asombro, una subnormal de aspecto horrible y una cosa rara, de edad imposible, con cuerpo de anciana... y voz de niña. Seguramente fue la muerte de su esposa lo que le impulsó a buscar secretamente un camino, una vía de comunicación con los muertos, necesitaba de ella, buscaba su manes (alma) para continuar su relación, a pesar del terrible accidente que le había costado la vida. Estuvo con buscadores de lemures (fantasmas), e hizo sacrificios convocando núminas (fuerzas sobrenaturales), que intermediaran por él, ante Hades, orando diariamente a los lares familiares, realizando ofrendas en el pequeño altar donde el columbario de Flavia se encontraba. Y no hacía mucho tiempo que sintió las primeras voces... al principio muy flojas, apenas audibles, pero suficientes para dar fe a su esperanza, después la escuchó a Ella. La Niña-Anciana, que recogió en el puerto, hablaba como ellos, hablaba con la voz de los muertos.

Lucio de por sí no era un hombre muy hablador, y apenas tenía confianza con sus esclavos, un poco más con el capataz, sin tratos personales, tampoco hizo uso de ninguna otra mujer, esclava o ramera, su fuerza era su silencio, su yo más intimo. Esa mañana tenía mucho más que un esclavo, acababa de hallar el fundamento de su vida, estaba seguro de hallarse por encima de la lógica y del sentido común, por encima de las fuerzas naturales.

Los cambios no tardaron. Los primeros en percibir que algo estaba pasando fueron aquellos interesados en la ruina del campesino, los dos vecinos latifundistas se vieron afectados por problemas inesperados, uno de ellos fue asesinado por una esclava enloquecida que le prendió fuego mientra dormía. Al segundo lo encontraron vagando por la montaña desnudo, articulando frases sin cordura, preso de fiebres extrañas.

Ella hablaba sin voz, y su voluntad era más fuerte que la vida. Pronto empezó a exigir sacrificios, el poder se manifestaba, los quería, sin ellos nada era posible. Las noches sin Luna fueron noches de muerte.

-El alma de esta víctima será propietaria del lugar donde se entierre, y yo la dueña de su alma. Enterrad su cuerpo aquí, yo me reservo su sangre, toda, hasta la última gota, así me obedecerá, será eterno esclavo en el Hades, listo a la llamada.

Arañas negras oscurecieron caminos, aves nocturnas llenaron los cielos, extraños y feroces animales procreaban en lo más profundo de los montes, vigilantes, protectores... Cada vez más luces alumbraron la oscuridad... cada vez los días oscurecieron más. Pasarán siglos, milenios, y el rastro de la niña-anciana permanecerá, eterno, en la noche negra... cuando suenan los cárabos, las familias siguen orando, suplicando protección, a sus propios difuntos, de los infinitos fantasmas dueños de la noche en Columbares.

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